O
CARREIRO
La casa de aldea O Carreiro se encuentra
situada sobre una de las laderas del fértil valle
de Cervo, a cuatro kilómetros de la villa costera
de Cedeira. El tiempo no permitió que Purificación
López Freire, su actual dueña, heredara de
sus antepasados mucho más que unas paredes centenarias,
cansadas de soportar techumbres a punto de desplomarse.
Ella, sin embargo, supo dar a este caserío que data
de 1785 una segunda juventud: fortaleció los muros,
reparó los tejados y devolvió al interior
toda la calidez y el fuego de antaño.
A pesar de las modernas restauraciones
y ampliaciones, O Carreiro mantiene todas las características
arquitectónicas propias de la casa rural gallega.
Las paredes están construidas con losas gruesas de
pizarra, un aparejo característico del norte de Galicia
y que hunde sus raíces en la milenaria cultura de
los castros. El soberbio granito labrado de los pazos, se
reserva modestamente para enmarcar puertas y ventanas, mientras
que los colores rojizos de las tejas en las cubiertas ponen
el contrapunto colorista a los tonos ocres y grises de la
piedra.

El conjunto de divide en varios núcleos:
la antigua vivienda, los apartamentos adosados, dos casas
de piedra y una cabaña nórdica. La zona de
los apartamentos, la más intervenida por la remodelación,
fue en otros tiempos las caballerizas. En su fachada se
abre un recio portalón de dos hojas, protegido por
el grácil balcón de madera del piso superior.
La fachada de la vivienda privada
se retrasa con respecto a la anterior, formando un amplio
patio enlosado, presidido por el característico hórreo
gallego. Hacia el sur se abre el jardín, con limoneros,
frutales, un manantial natural, un segundo hórreo
y un alpendre acondicionado para cocinar a la brasa y comer
al aire libre.

Las otras casas del conjunto están
ubicadas en tres terrenos dispuestos frente a la antigua
vivienda, que sus antepasados labraban mimosamente para
obtener todos los productos necesarios para su sustento.
Desde aquí se puede contemplar el amplio mosaico
de prados, caseríos y arboledas que se extienden
por el valle.
Los interiores de las instalaciones,
bajo la calidez de los techos de madera descubierta, son
un auténtico museo de objetos y muebles tradicionales,
tan poco familiares para los ojos contemporáneos.
Antiguas artesas para guardar el pan hacen las veces de
mesa, mientras que los muchos aparadores de castaño
encerado cumplen todavía la función original.
Extendidas por todo el mobiliario, pueden verse tallas del
folklore más remoto. Una vieja rueca para hilar,
que bien podría haber salido de un cuento, decora
uno de los rincones, al igual que un extraño dompedro,
la colección de planchas de carbón o la cuna-balancín,
para precoces amantes del turismo rural.